Cuando hoy se habla de yoga, el término āsana suele asociarse de inmediato a una serie de posturas corporales reconocibles, organizadas en secuencias más o menos estandarizadas. Esta imagen, ampliamente difundida, sugiere que el yoga postural constituye una práctica antigua, transmitida de forma continua y relativamente estable a lo largo del tiempo. Sin embargo, la historia del āsana es mucho más compleja (y más interesante) de lo que esta representación deja entrever.
En los textos clásicos del yoga, el āsana no designa un repertorio de posturas, sino una condición corporal específica: estabilidad, firmeza, permanencia. El cuerpo no es allí un objeto de exploración técnica, sino un soporte silencioso que permite la práctica meditativa. No se trata de «hacer» algo con el cuerpo, sino de que el cuerpo deje de interferir.
Es recién a partir de la Edad Media, con el surgimiento de las tradiciones del haṭha yoga, cuando el cuerpo comienza a ocupar un lugar central como campo de intervención. Los tratados de este período describen posturas concretas, pero lo hacen siempre de manera selectiva y funcional. Aunque mencionan con frecuencia el número simbólico de ochenta y cuatro posturas, ninguno de estos textos ofrece un listado completo ni pretende fijar un canon postural definitivo. El número funciona como una imagen de totalidad, no como un inventario técnico.
Este dato resulta clave para comprender el estatuto histórico del āsana. Lejos de constituir un sistema cerrado de formas, el yoga postural pre-moderno se organiza como un repertorio abierto, orientado por la eficacia y la función. Las posturas se seleccionan, se adaptan y se transmiten en función de objetivos concretos: preparar el cuerpo, regular la respiración, estabilizar la atención, intervenir sobre procesos internos. La forma externa es secundaria frente a la función que cumple.
La idea moderna de un catálogo exhaustivo de posturas, cuidadosamente clasificadas y enseñadas de manera uniforme, responde a lógicas mucho más recientes. En el contexto contemporáneo, el āsana se reorganiza bajo nuevas condiciones culturales: pedagogía masiva, sistematización, estetización del cuerpo y diálogo con discursos médicos y gimnásticos. Este proceso no implica una ruptura total con el pasado, pero sí una reconfiguración profunda del sentido y del lugar del cuerpo en la práctica.
Una mirada histórica permite, además, ampliar el horizonte más allá del hinduismo. En el budismo tántrico indo‑tibetano existen prácticas corporales que integran movimiento, respiración y atención de manera altamente sofisticada. Sistemas como el trulkhor o el yantra yoga muestran que el trabajo corporal dinámico tiene una historia larga y compartida, aunque traducida en marcos doctrinales distintos. Estas convergencias técnicas no implican identidad de significado, pero sí revelan una circulación histórica de saberes corporales.Pensar el āsana desde esta perspectiva implica abandonar la búsqueda de una esencia inmutable y reconocer su carácter histórico y situado. El cuerpo del yoga no es un dato natural ni un objeto neutro, sino una construcción práctica que ha sido interpretada, disciplinada y transformada a lo largo del tiempo. Comprender esta historia no empobrece la práctica contemporánea; al contrario, la libera de mitologías simplificadoras y permite habitar el cuerpo con mayor conciencia y responsabilidad.
Más que un conjunto de formas, el āsana aparece así como una pregunta abierta sobre el cuerpo, su uso y su sentido. Una pregunta que, lejos de haber sido respondida de una vez y para siempre, sigue reformulándose cada vez que alguien se detiene, se sienta y permanece.


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