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miércoles, 6 de mayo de 2026

LA UNIDAD Y SUS DIFERENCIAS: PENSAR EL VEDANTA SIN CLAUSURA por Maximiliano A. Pellotta

arte de Nikolai Roerich

Cuando se menciona el vedānta, suele asumirse que se trata de una doctrina unitaria, una metafísica coherente que ofrece una respuesta definitiva a la pregunta por lo real. Sin embargo, una lectura atenta de sus textos y de su tradición interpretativa revela algo más complejo: el vedānta no es uno, y nunca lo fue.

A partir de un mismo conjunto de textos —las Upaniṣad, la Bhagavad Gītā y los Brahma Sūtra— se han desarrollado ontologías profundamente divergentes. Algunas afirman una no dualidad radical; otras sostienen una diferencia irreductible entre el Ser Supremo, el mundo y las almas; otras articulan formas simultáneas de unidad y diferencia. Estas posiciones no son simples matices ni desacuerdos terminológicos: configuran concepciones distintas de la realidad y proponen formas distintas de liberación.

El problema no es que el vedānta sea ambiguo o inconsistente. El problema es la expectativa, heredada de ciertos modelos filosóficos, de que una tradición rigurosa deba culminar en una única ontología cerrada. El vedānta desafía esa expectativa desde su interior. No fracasa en producir unidad; se rehúsa a imponerla.

Pensar el vedānta desde esta perspectiva implica un desplazamiento. Implica abandonar la búsqueda de una síntesis final y aceptar que la filosofía puede operar como un espacio de decisiones ontológicas conscientes, cada una con su coherencia interna y sus consecuencias existenciales. La pluralidad no aparece aquí como un defecto a corregir, sino como una posibilidad estructural del pensamiento.

En este contexto, las grandes corrientes vedánticas no pueden ser tratadas como «opiniones» sobre un mismo objeto. Cada una constituye una arquitectura ontológica completa: define qué es real, qué estatuto tiene el mundo, qué significa conocer y qué implica liberarse. La liberación no es un añadido práctico, sino la consumación de una ontología.

Esta pluralidad no conduce al relativismo. Las distintas ontologías vedánticas no se disuelven en perspectivas subjetivas ni en interpretaciones arbitrarias. Comparten un lenguaje, un corpus textual y una exigencia de coherencia que impide su neutralización. Son incompatibles entre sí, pero no por ello carentes de rigor.

Desde este ángulo, el vedānta ofrece una lección filosófica de gran actualidad. Muestra que es posible pensar la ultimidad sin clausura, sostener la pluralidad sin fragmentación y afirmar la diferencia sin renunciar a la pregunta por lo real. La verdad no se define aquí por su capacidad de absorber todas las diferencias, sino por la coherencia y la potencia explicativa de cada decisión ontológica.

Pensar el vedānta de este modo no conduce a una conclusión definitiva, sino a una forma distinta de lucidez. La unidad no cancela la diferencia; la diferencia no destruye la unidad. Entre ambas, el pensamiento permanece abierto, exigente y vivo.

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