VIVE TU EXPERIENCIA YOGA!

¡VIVE TU EXPERIENCIA YOGA! Te invitamos a experimentar el yoga, es una fabulosa disciplina, sistema, y método integral y holístico, que transforma cuerpo, mente y consciencia, desarrollando tu máximo potencial. Podemos definir al yoga como "sarvāṅga sādhana", una práctica para todo el cuerpo basada en técnicas psicofísicas. También es "antaraṅga sādhana", una práctica interna, para trascender la mente por medio de la concentración y la meditación. El yoga nos lleva así a la salud del cuerpo, la serenidad de la mente, la paz del espíritu y la plenitud de la vida.

sábado, 28 de febrero de 2026

ASHTANGA YOGA - parte 2: UNA VÍA INTEGRAL DE TRANSFORMACIÓN DE LA CONCIENCIA por Maximiliano A. Pellotta

En la primera entrega de esta serie, señalamos como en el discurso contemporáneo, el término aṣṭāṅga yoga suele asociarse casi exclusivamente a un sistema dinámico de posturas físicas. Y también, que esta identificación, aunque extendida, resulta profundamente incompleta. Insistimos también, que en su formulación clásica, el aṣṭāṅga yoga no designa un estilo de práctica corporal, sino una estructura integral de transformación de la experiencia, orientada a la liberación de la conciencia.

Representación mítica de Patañjali
El término «aṣṭāṅga» significa literalmente «ocho miembros» y hace referencia a un conjunto de dimensiones interrelacionadas que describen el proceso mediante el cual la conciencia deja de identificarse con sus contenidos y se reconoce a sí misma con claridad. Estos ocho miembros no constituyen una escalera rígida ni una secuencia mecánica, sino un sistema orgánico, en el que cada dimensión sostiene y profundiza a las demás.

Los dos primeros miembros, yama y niyama, suelen ser interpretados como un código ético preliminar. Sin embargo, en el contexto del yoga clásico, no funcionan como normas morales impuestas desde fuera, sino como expresiones de discernimiento. Yama regula la relación con el entorno y con los otros, mientras que niyama orienta la relación con uno mismo. Ambos apuntan a reducir la fricción interna y la dispersión de la atención, creando las condiciones necesarias para que la práctica no refuerce la identificación ni el conflicto.

Āsana y prāṇāyāma, por su parte, no tienen como finalidad el dominio del cuerpo ni la manipulación de la energía en un sentido instrumental. Su función es estabilizar la experiencia corporal y respiratoria, de modo que el cuerpo deje de ser un foco constante de distracción o tensión. Cuando el cuerpo se vuelve habitable y el aliento se regula, la atención puede comenzar a interiorizarse sin esfuerzo excesivo.

Este movimiento de interiorización se expresa con claridad en pratyāhāra, que no implica una negación de los sentidos, sino una retirada natural de la atención respecto de los estímulos que la fragmentan. No se trata de aislarse del mundo, sino de dejar de ser arrastrado por él. A partir de aquí, la atención puede estabilizarse en dhāraṇā, no como concentración forzada, sino como capacidad de permanecer sin dispersión.

Cuando esta estabilidad madura, emerge dhyāna. Lejos de ser una técnica específica, dhyāna es la continuidad de la atención, una presencia fluida en la que la conciencia deja de interrumpirse a sí misma. En este estado, la distinción rígida entre sujeto y objeto comienza a aflojarse, y la experiencia se despliega con una claridad silenciosa.

El proceso culmina en samādhi, que no debe entenderse como un trance extraordinario ni como una experiencia excepcional, sino como la integración plena de la conciencia, libre de apropiación. En samādhi, la conciencia se reconoce como el trasfondo estable de toda experiencia, sin confundirse con los contenidos que aparecen y desaparecen en ella.

Comprendido de este modo, el aṣṭāṅga yoga no es un método para perfeccionar la experiencia humana, sino una vía para esclarecerla. No busca producir estados especiales ni construir identidades espirituales, sino desactivar la identificación que sostiene el sufrimiento. Su coherencia interna reside en que cada uno de sus miembros apunta, desde un ángulo distinto, a una misma transformación: el paso de una conciencia fragmentada a una presencia integrada.

Reducir el aṣṭāṅga yoga a una práctica física es perder de vista su orientación esencial. Recuperarlo en su sentido pleno no implica rechazar las formas contemporáneas de práctica, sino reintegrarlas en un marco más amplio, donde el cuerpo, la mente y la acción ética se comprendan como dimensiones inseparables de un mismo proceso de liberación.

Continuará...

martes, 24 de febrero de 2026

ASHTANGA YOGA - parte 1: LA REDUCCIÓN CONTEMPORÁNEA A LA PRÁCTICA POSTURAL por Maximiliano A. Pellotta

En el uso contemporáneo, el término aṣṭāṅga yoga suele identificarse casi exclusivamente con una práctica física estructurada, dinámica y exigente. Este vínculo o confusión, surge a partir de la difusión del método aṣṭāṅga vinyāsa yoga en el siglo pasado, el cual es un estilo dinámico del haṭha yoga que usa como base textual de referencia, y de apropiación,  el texto de Patañjali: los Yoga Sūtras. Esta asociación, ampliamente difundida, ha terminado por fijar en el imaginario colectivo la idea de que el aṣṭāṅga yoga es, ante todo, un sistema de posturas. Sin embargo, esta identificación no solo es parcial, sino que oscurece el sentido original y más profundo del término.

Representación mítica de Patañjali
En su formulación clásica, el aṣṭāṅga yoga no designa un estilo corporal ni una metodología de entrenamiento físico. Designa una estructura integral de transformación de la experiencia, compuesta por ocho dimensiones interrelacionadas que describen el proceso mediante el cual la conciencia deja de identificarse con sus contenidos y se reconoce con claridad. Reducir este sistema a uno solo de sus miembros implica perder de vista su coherencia interna y su orientación esencial.

El problema no reside en la práctica corporal en sí. El cuerpo ocupa un lugar fundamental en el yoga, y āsana cumple una función precisa dentro del proceso. El problema surge cuando el cuerpo se convierte en el centro exclusivo de la práctica y el resto de las dimensiones del aṣṭāṅga yoga quedan relegadas o directamente ignoradas. En ese desplazamiento, el yoga deja de ser una vía de esclarecimiento y se transforma en una técnica de rendimiento, bienestar o autoafirmación.

Esta reducción no es casual. Responde a lógicas culturales propias del mundo contemporáneo: la primacía de lo visible, la valoración del esfuerzo medible, la búsqueda de resultados inmediatos y la construcción de identidades reconocibles. En este contexto, la práctica postural resulta fácilmente apropiable, enseñable y comercializable. En cambio, dimensiones como yama, niyama, pratyāhāra o dhyāna resisten esa lógica, porque no producen efectos espectaculares ni se prestan a una evaluación externa.

Las consecuencias de esta reducción son sutiles pero profundas. Cuando el aṣṭāṅga yoga se identifica exclusivamente con āsana, la práctica puede intensificarse sin que se produzca una transformación real de la relación con la experiencia. El cuerpo se fortalece, la técnica se perfecciona, pero la identificación permanece intacta. En algunos casos, incluso se refuerza, dando lugar a una espiritualización del ego que contradice la orientación liberadora del yoga.

Recuperar el sentido pleno del aṣṭāṅga yoga no implica rechazar la práctica postural ni desvalorizar su importancia. Implica reintegrarla en un marco más amplio, donde el cuerpo sea comprendido como una condición de estabilidad y no como un fin en sí mismo. Āsana prepara el terreno, pero no agota el proceso. Sin yama y niyama, la práctica carece de discernimiento; sin pratyāhāra, la atención no se interioriza; sin dhyāna, la conciencia no se estabiliza; sin samādhi, el proceso no culmina en claridad.

El aṣṭāṅga yoga no fue concebido como una secuencia de técnicas, sino como una vía integral de desidentificación. Cada uno de sus miembros apunta, desde un ángulo distinto, a una misma transformación: el paso de una conciencia fragmentada a una presencia integrada. Cuando esta orientación se pierde, el yoga puede seguir practicándose, pero deja de cumplir su función esencial.

En un contexto donde el yoga tiende a adaptarse a las demandas del mercado y de la cultura del rendimiento, recuperar el sentido del aṣṭāṅga yoga no es un gesto nostálgico ni purista. Es un ejercicio de discernimiento. No se trata de volver al pasado, sino de recordar qué es lo que el yoga nunca dejó de señalar: que la liberación no se alcanza perfeccionando la forma, sino esclareciendo la relación con la experiencia.

Continuará...

sábado, 21 de febrero de 2026

LEER EL CUERPO EN EL ASANA por Maximiliano A. Pellotta

UNA EXPLORACIÓN DE LA ORGANIZACIÓN DEL CUERPO MÁS ALLÁ DE LA FORMA


Técnica, organización y el retiro de la postura

En el discurso contemporáneo del yoga, el āsana suele ocupar un lugar ambiguo. Por un lado, se lo presenta como una técnica corporal precisa, susceptible de corrección, perfeccionamiento y progresión. Por otro, se lo carga de significados que exceden lo corporal: presencia, conciencia, equilibrio, incluso transformación personal. Entre ambos polos —la técnica y la promesa—, la experiencia concreta del cuerpo que practica suele quedar oscurecida.

Hablar del āsana en términos técnicos no implica reducirlo a una mecánica ni convertirlo en un objeto de control. Implica, más bien, volver legible lo que ocurre cuando un cuerpo sostiene una postura. No desde un modelo ideal, sino desde la organización real del cuerpo en acción. El āsana, entendido así, no es una forma que se adopta, sino un proceso que se despliega.

Organización antes que forma

Una de las confusiones más persistentes en la práctica del āsana es la identificación entre postura y forma. Se asume que practicar consiste en reproducir una configuración corporal reconocible, y que la calidad de la práctica depende de la fidelidad a esa imagen. Sin embargo, dos cuerpos en una misma forma pueden estar realizando prácticas radicalmente distintas.

La diferencia no reside en la forma externa, sino en la organización interna del cuerpo: cómo se distribuye el peso, desde dónde se sostiene el esfuerzo, qué relación se establece con el apoyo y con la gravedad. Una postura puede verse estable y, sin embargo, estar sostenida por una tensión constante que interrumpe la respiración y fragmenta la atención. Otra puede parecer imperfecta y, sin embargo, estar organizada de manera funcional.

Desde esta perspectiva, la técnica del āsana no consiste en corregir la forma, sino en leer la organización. La forma deja de ser un objetivo y se convierte en un efecto secundario.

Estabilidad sin inmovilidad

La estabilidad que el āsana propone no debe confundirse con inmovilidad. El cuerpo vivo nunca está completamente quieto: respira, ajusta el tono, responde al paso del tiempo. Intentar inmovilizarlo para «mantener» una postura suele producir el efecto contrario al buscado: rigidez, fatiga prematura y pérdida de sensibilidad.

La estabilidad funcional es dinámica. Surge cuando el cuerpo puede realizar microajustes sin perder organización. No se impone desde fuera ni se sostiene por fuerza de voluntad. Se establece cuando el peso está distribuido, los apoyos son claros y el esfuerzo es suficiente, pero no excesivo. En ese punto, la postura deja de ser algo que se aguanta y se convierte en algo que se habita.

Esfuerzo y economía

El āsana no elimina el esfuerzo. Lo transforma. Allí donde el esfuerzo es negado, el cuerpo colapsa; allí donde se absolutiza, se endurece. La práctica propone otra relación: una economía del esfuerzo.

Esta economía no consiste en relajarse indiscriminadamente ni en «hacer menos» como consigna moral. Consiste en reconocer qué esfuerzo es necesario y cuál es superfluo. El cuerpo informa constantemente cuando el esfuerzo comienza a exceder su función: la respiración se acorta, aparece el temblor, la atención se vuelve reactiva. Escuchar estas señales no implica retirarse de inmediato, sino ajustar la organización.

Cuando el esfuerzo se distribuye con claridad, deja de reclamar atención. No desaparece, pero se vuelve silencioso. El cuerpo sostiene sin imponerse.

La respiración como indicador

En este marco, la respiración no es una técnica añadida al āsana. Es un indicador inmediato de la organización corporal. Allí donde el cuerpo se organiza con economía, la respiración fluye. Allí donde se fuerza o se fragmenta, la respiración se interrumpe.

Respirar en la postura no significa regular la respiración ni profundizarla voluntariamente. Significa permitir que ocurra sin ser obstaculizada. El espacio para la respiración no se crea en los pulmones, sino en el cuerpo: en la relación con el apoyo, en la distribución del peso, en la ausencia de tensión innecesaria.

Escuchar la respiración no implica vigilarla obsesivamente. Implica reconocer cuándo deja de fluir y preguntarse qué está ocurriendo en la organización del cuerpo. Muchas veces, un ajuste mínimo es suficiente para que la respiración se restablezca por sí sola.

El límite como información

El límite aparece inevitablemente en la práctica del āsana. Aparece como incomodidad, resistencia, fatiga o dolor incipiente. La manera en que se interpreta ese límite transforma radicalmente la experiencia.

Cuando el límite se concibe como obstáculo a superar, el cuerpo es forzado. Cuando se lo concibe como señal de alarma absoluta, se evita cualquier reorganización profunda. Una lectura técnica propone otra relación: el límite como información.

El límite informa sobre la organización actual del cuerpo. No acusa ni prohíbe. Describe. Permanecer ante el límite no significa atravesarlo a cualquier costo ni retirarse de inmediato, sino sostener la atención el tiempo suficiente para que informe. Esta lectura no puede ser enseñada desde fuera; se aprende en la experiencia reiterada.

Permanencia y tiempo

Permanecer en una postura no es simplemente quedarse en ella. Es sostener una organización en el tiempo. El tiempo introduce fatiga, variación, ajuste. Una permanencia técnicamente madura no intenta neutralizar estos efectos, sino integrarlos.

Cuando la postura se fija para evitar el ajuste, la permanencia se convierte en resistencia. Cuando el cuerpo puede ajustarse sin perder organización, la estabilidad se vuelve confiable. Permanecer deja de ser un desafío y se convierte en un espacio de lectura.

Transiciones: continuidad de la acción

El āsana no comienza ni termina en la forma. Comienza cuando el cuerpo empieza a organizarse para entrar en ella y continúa hasta que esa organización se disuelve. Las transiciones no son momentos secundarios; son fases activas del trabajo técnico.

En ellas se hacen visibles las estrategias habituales del cuerpo: imponer, colapsar, acelerar, evitar. Atender a las transiciones permite comprender la postura como parte de una acción continua, no como un punto fijo entre dos movimientos.

Cuando el āsana se retira

El objetivo implícito de esta lectura técnica no es profundizar indefinidamente en el āsana. Es situarlo con precisión. Cuando el cuerpo se organiza con estabilidad suficiente, cuando el esfuerzo es económico y la respiración fluye, la postura deja de reclamar atención constante.

El āsana no desaparece. Se vuelve transparente. Ha cumplido su función. En ese momento, puede retirarse como protagonista sin dejar vacío. Lo que queda no es una forma ni una técnica, sino un cuerpo disponible.

Hablar del āsana como acción es, en última instancia, hablar de su retiro. No como negación, sino como cumplimiento. El āsana no es un fin. Es un umbral. Y como todo umbral, no se habita: se atraviesa.

sábado, 14 de febrero de 2026

MEDITAR EN EL CAMPO DE BATALLA por Maximiliano A. Pellotta

LA BHAGAVAD GITA Y EL YOGA DE LA VIDA COTIDIANA

Cuando pensamos en meditación, solemos imaginar silencio, retiro, quietud. Un espacio separado del mundo, protegido del ruido y del conflicto. Sin embargo, uno de los textos más influyentes de la tradición yóguica comienza en un lugar muy distinto: un campo de batalla.

La Bhagavad Gītā se abre en el instante previo a una guerra fratricida. Arjuna, el guerrero, se encuentra paralizado. No sabe qué hacer, pero tampoco sabe quién es. Su crisis no es sólo emocional; es ontológica. El mundo que conocía se ha vuelto inestable, y la acción, que antes parecía evidente, ahora se vuelve imposible.

Este punto de partida no es casual. La Gītā establece desde el inicio que el problema espiritual no se resuelve fuera del mundo, sino en el corazón mismo de la acción, el conflicto y la responsabilidad. La meditación, aquí, no aparece como huida, sino como claridad en medio de la vida.

Shri Krishna instruyendo a Arjuna en el campo de batalla

ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN: UNA FALSA OPOSICIÓN 

Uno de los aportes más decisivos de la Bhagavad Gītā es su rechazo de la oposición rígida entre acción (karma) y contemplación (dhyāna o jñāna). Allí donde ciertas lecturas podrían sugerir que la liberación exige retirarse del mundo, la Gītā afirma algo mucho más incómodo y más realista: la acción es inevitable.

No actuar también es una forma de actuar. El problema no es la acción en sí, sino la manera en que se la vive. Kṛṣṇa redefine el yoga no como una técnica específica, sino como una actitud integral: actuar sin apego al resultado, sin apropiación del hacer, sin identificarse con el rol.

En este punto, la Gītā dialoga de manera profunda con el Yoga Clásico. En los Yoga Sūtra, el problema central no es la actividad mental en sí, sino la identificación de la conciencia con los movimientos de la mente (citta-vṛtti). De modo análogo, en la Gītā, el problema no es la acción, sino la identificación con el «yo hacedor».

CUANDO LA ACCIÓN SE VUELVE MEDITACIÓN

El eje práctico de la Gītā es el karma-yoga: la acción realizada sin apego. No se trata de hacer más ni de hacer mejor, sino de actuar sin convertir el resultado en medida del propio valor. Cuando la acción se vive como «mía», el éxito y el fracaso se vuelven fuentes de ansiedad, orgullo o frustración.

Aquí aparece una idea clave: la meditación puede expresarse como una forma de actuar.

Esta intuición no es ajena al Yoga Clásico. Allí, la regulación de la mente (nirodha) no es un fin en sí mismo, sino una condición para el discernimiento. Del mismo modo, en la Gītā, la acción sin apego no es moralismo, sino una forma de claridad que disuelve la identificación.

EL CAPÍTULO 6: UNA PEDAGOGÍA REALISTA DE LA MENTE 

El capítulo 6 de la Bhagavad Gītā es el lugar donde la meditación aparece de manera más explícita. Sin embargo, incluso aquí, dhyāna no se presenta como una técnica aislada ni como un estado especial. La Gītā reconoce la dificultad de la mente, su inestabilidad, su tendencia a dispersarse. Arjuna lo dice sin rodeos: la mente es inquieta, difícil de dominar.

Kṛṣṇa no lo niega ni promete soluciones mágicas. Propone constancia, atención y desapego. No se trata de forzar el silencio, sino de no dejarse arrastrar. Esta pedagogía es sorprendentemente cercana a la del Yoga Clásico: la mente no se elimina, se comprende; no se destruye, se deja de confundir con la conciencia.

EL YOGI EN LA VIDA COTIDIANA

La figura del yog
ī que emerge en la Gītā es radicalmente distinta de la del asceta retirado. Es alguien que vive en el mundo, cumple su función, enfrenta el conflicto y, sin embargo, no se identifica con el resultado. Su estabilidad no depende de las circunstancias externas, sino de una relación distinta con la acción.

Aquí la Gītā realiza una síntesis extraordinaria. Toma el discernimiento del Yoga Clásico, el reconocimiento del vedānta y el silencio de las Upaniṣad, y los encarna en la vida concreta. La meditación deja de ser un momento separado del día y se convierte en una forma de habitar la acción.

MEDITAR SIN HUIR

En la Bhagavad Gītā, meditar no es huir del mundo, sino dejar de huir de la experiencia. El campo de batalla no desaparece; lo que desaparece es la confusión sobre quién actúa y desde dónde. La acción continúa, pero ya no está gobernada por la apropiación.

Tal vez esa sea una de las enseñanzas más actuales de la Gītā: la meditación no nos separa de la vida. Nos devuelve a ella, pero desde otro lugar. 

domingo, 8 de febrero de 2026

ASANA: UNA HISTORIA DEL CUERPO EN EL YOGA por Maximiliano A. Pellotta

Cuando hoy se habla de yoga, el término āsana suele asociarse de inmediato a una serie de posturas corporales reconocibles, organizadas en secuencias más o menos estandarizadas. Esta imagen, ampliamente difundida, sugiere que el yoga postural constituye una práctica antigua, transmitida de forma continua y relativamente estable a lo largo del tiempo. Sin embargo, la historia del āsana es mucho más compleja (y más interesante) de lo que esta representación deja entrever.

En los textos clásicos del yoga, el āsana no designa un repertorio de posturas, sino una condición corporal específica: estabilidad, firmeza, permanencia. El cuerpo no es allí un objeto de exploración técnica, sino un soporte silencioso que permite la práctica meditativa. No se trata de «hacer» algo con el cuerpo, sino de que el cuerpo deje de interferir.

Es recién a partir de la Edad Media, con el surgimiento de las tradiciones del haṭha yoga, cuando el cuerpo comienza a ocupar un lugar central como campo de intervención. Los tratados de este período describen posturas concretas, pero lo hacen siempre de manera selectiva y funcional. Aunque mencionan con frecuencia el número simbólico de ochenta y cuatro posturas, ninguno de estos textos ofrece un listado completo ni pretende fijar un canon postural definitivo. El número funciona como una imagen de totalidad, no como un inventario técnico.

Este dato resulta clave para comprender el estatuto histórico del āsana. Lejos de constituir un sistema cerrado de formas, el yoga postural pre-moderno se organiza como un repertorio abierto, orientado por la eficacia y la función. Las posturas se seleccionan, se adaptan y se transmiten en función de objetivos concretos: preparar el cuerpo, regular la respiración, estabilizar la atención, intervenir sobre procesos internos. La forma externa es secundaria frente a la función que cumple.

La idea moderna de un catálogo exhaustivo de posturas, cuidadosamente clasificadas y enseñadas de manera uniforme, responde a lógicas mucho más recientes. En el contexto contemporáneo, el āsana se reorganiza bajo nuevas condiciones culturales: pedagogía masiva, sistematización, estetización del cuerpo y diálogo con discursos médicos y gimnásticos. Este proceso no implica una ruptura total con el pasado, pero sí una reconfiguración profunda del sentido y del lugar del cuerpo en la práctica.

Una mirada histórica permite, además, ampliar el horizonte más allá del hinduismo. En el budismo tántrico indo‑tibetano existen prácticas corporales que integran movimiento, respiración y atención de manera altamente sofisticada. Sistemas como el trulkhor o el yantra yoga muestran que el trabajo corporal dinámico tiene una historia larga y compartida, aunque traducida en marcos doctrinales distintos. Estas convergencias técnicas no implican identidad de significado, pero sí revelan una circulación histórica de saberes corporales.

Pensar el āsana desde esta perspectiva implica abandonar la búsqueda de una esencia inmutable y reconocer su carácter histórico y situado. El cuerpo del yoga no es un dato natural ni un objeto neutro, sino una construcción práctica que ha sido interpretada, disciplinada y transformada a lo largo del tiempo. Comprender esta historia no empobrece la práctica contemporánea; al contrario, la libera de mitologías simplificadoras y permite habitar el cuerpo con mayor conciencia y responsabilidad.

Más que un conjunto de formas, el āsana aparece así como una pregunta abierta sobre el cuerpo, su uso y su sentido. Una pregunta que, lejos de haber sido respondida de una vez y para siempre, sigue reformulándose cada vez que alguien se detiene, se sienta y permanece.

martes, 3 de febrero de 2026

EXPLORANDO EL GHERANDA SAMHITA por Maximiliano A. Pellotta

El Gheraṇḍa Saṁhitā, conocido también como el «Compendio de Gheraṇḍa», es un tratado fundamental de la tradición del haṭha yoga, cuya composición se sitúa generalmente en el siglo XVII e.c. Constituye una obra de referencia ineludible para el estudio de las prácticas corporales, energéticas y meditativas del yoga premoderno, ofreciendo una exposición sistemática de sus principios, métodos y fundamentos filosóficos.

El texto adopta la forma de un diálogo didáctico entre el sabio Gheraṇḍa y su discípulo Caṇḍa Kāpālī, quien es progresivamente introducido en los secretos del haṭha yoga. Esta estructura dialogal, común en la literatura sánscrita, permite articular la enseñanza como una transmisión viva, gradual y adaptada a la capacidad del practicante.


Estructura del texto

El Gheraṇḍa Saṁhitā presenta el sistema del saptāṅga yoga, o yoga de los siete miembros, una vía progresiva que aborda de manera integral los distintos aspectos de la práctica y de la vida espiritual. Estos siete miembros están organizados de forma lógica y ascendente, guiando al adepto —el sādhaka— desde las prácticas de purificación corporal y energética hasta las técnicas de absorción meditativa y la realización del samādhi, considerado el objetivo último del yoga.

El saptāṅga yoga se compone de:

  • kriyā — purificación
  • āsana — fortalecimiento y estabilidad corporal
  • mudrā — sellos energéticos y estabilización
  • pratyāhāra — retraimiento y pacificación sensorial
  • prāṇāyāma — regulación del aliento y ligereza vital
  • dhyāna — percepción y contemplación
  • samādhi — aislamiento y absorción plena
Desarrollo de los miembros 

Kriyā

El tratado se abre con la exposición de las kriyā, prácticas de purificación destinadas a limpiar el cuerpo físico y los canales energéticos (nāḍī). Estas técnicas —entre las que se incluyen procedimientos como dhauti, basti, neti, naulī, trāṭaka y kapālabhāti— tienen como finalidad eliminar impurezas, equilibrar los humores corporales y preparar al practicante para disciplinas más sutiles. En la Gheraṇḍa Saṁhitā, la purificación no es un aspecto accesorio, sino el fundamento indispensable de todo el proceso yoguico.

Āsana

Este capítulo presenta una amplia gama de posturas corporales (āsana), concebidas no solo como ejercicios físicos, sino como medios para estabilizar el cuerpo, fortalecerlo y hacerlo apto para la práctica prolongada. El texto describe los beneficios específicos de cada postura, así como las condiciones y precauciones necesarias para su correcta ejecución, subrayando la relación entre postura, respiración y concentración.

Mudrā

Las mudrā son descritas como sellos corporales y energéticos que permiten dirigir, contener y sublimar la energía vital. Este capítulo explora distintas mudrā clásicas del haṭha yoga, destacando su función en la estabilización de la mente, el control del prāṇa y el despertar de potencialidades latentes.

Pratyāhāra

El pratyāhāra se presenta como el proceso de retraimiento de los sentidos respecto de sus objetos. A través de esta práctica, el yogui aprende a reducir la dispersión sensorial y a establecer una atención interiorizada, condición necesaria para el desarrollo de la concentración y la meditación profunda.

Prāṇāyāma

Aquí se detallan diversas técnicas de regulación del aliento (prāṇāyāma), consideradas esenciales para la purificación de los canales energéticos y la correcta circulación del prāṇa. La respiración es entendida como un vínculo directo entre cuerpo y mente, capaz de transformar los estados psíquicos y vitales del practicante.

Dhyāna

Se presentan diversas técnicas de meditación (dhyāna) orientadas a aquietar la mente y a establecerla en un estado de atención sostenida. La meditación es concebida como un proceso de refinamiento perceptivo que conduce gradualmente a la disolución de las fluctuaciones mentales y a la claridad cognitiva.

Samādhi

Este capítulo se adentra en la experiencia del samādhi, descrita como un estado de aislamiento (kaivalya) y absorción plena, en el que la conciencia se libera de sus condicionamientos habituales. El samādhi representa la culminación del camino yoguico y la realización del propósito último de la práctica.

Filosofía y enseñanzas

El Gheraṇḍa Saṁhitā no se limita a ofrecer instrucciones técnicas, sino que transmite una visión integral del ser humano. En su núcleo, enfatiza la disciplina (tapas), la constancia y la auto indagación como medios indispensables para la realización espiritual.

Una de sus enseñanzas centrales es la interdependencia entre cuerpo, mente y conciencia. El texto sostiene que la purificación y el equilibrio de estos niveles son condiciones necesarias para el despertar espiritual, y que el cuerpo, lejos de ser un obstáculo, es un instrumento privilegiado en el camino del yoga.

Asimismo, la obra propone un enfoque holístico de la práctica, que abarca la alimentación, el estilo de vida, la conducta ética y la actitud mental, integrando la disciplina yoguica en todos los ámbitos de la existencia.

Relevancia contemporánea

A pesar de haber sido compuesta hace varios siglos, el Gheraṇḍa Saṁhitā continúa siendo una fuente de inspiración y orientación para practicantes y estudiosos del yoga en la actualidad. Su enfoque sistemático, su profundidad técnica y su visión integral del ser humano la convierten en un texto de gran valor en un contexto moderno marcado por la fragmentación y la aceleración.

En síntesis, el Gheraṇḍa Saṁhitā es mucho más que un manual de prácticas: es un compendio de sabiduría tradicional que ofrece un mapa detallado para el viaje interior del ser humano hacia el conocimiento de sí mismo. Seguir sus enseñanzas con discernimiento y constancia puede abrir el camino hacia una experiencia de claridad, plenitud y realización espiritual.

domingo, 1 de febrero de 2026

YOGA TERAPÉUTICO: ACOMPAÑAR EL PROCESO NATURAL DE SANACIÓN por Maximiliano A. Pellotta

Hablar de yoga terapéutico o yogaterapia implica, ante todo, cambiar la manera habitual en que entendemos la salud y la curación. No se trata simplemente de aplicar técnicas para aliviar un síntoma, sino de acompañar a una persona en un proceso más amplio, que involucra su cuerpo, su mente, su historia y su modo de vivir en el mundo. La yogaterapia surge precisamente de esta mirada integradora, donde la práctica del yoga se pone al servicio de la comprensión y transformación del sufrimiento humano.

En toda situación terapéutica confluyen al menos tres elementos fundamentales. Por un lado, la persona que busca ayuda, con sus condiciones físicas, emocionales y mentales particulares. Por otro, el terapeuta, que no es solo alguien con conocimientos técnicos, sino alguien dispuesto a escuchar, observar y acompañar desde una comprensión profunda del yoga. Finalmente, la terapia misma, que no es una técnica aislada, sino el espacio vivo que se crea cuando estos dos aspectos interactúan de manera consciente.

Para que este proceso sea verdaderamente eficaz, el yogaterapeuta necesita comprender qué le sucede a la persona, cuál es su perturbación y, en la medida de lo posible, cuál es su origen. Aquí aparece una pregunta clave: ¿Qué significa realmente «curar»? ¿Es suficiente con eliminar un síntoma para que alguien se sienta mejor, o la curación implica algo más profundo?

En un primer nivel, toda terapia tiene un aspecto paliativo. Aliviar el dolor, reducir una molestia, generar un estado de mayor comodidad es necesario y valioso. Cuando una persona sufre, encontrar alivio inmediato mejora su calidad de vida y le permite recuperar cierta estabilidad. Sin embargo, este alivio suele ser transitorio. Si la causa del problema no se aborda, el síntoma tiende a reaparecer, a veces con mayor intensidad.

Por eso, la yogaterapia no se detiene en el alivio momentáneo. Su segundo nivel es verdaderamente curativo: busca trabajar sobre la raíz del sufrimiento. Esto implica preguntarse qué factores están generando o sosteniendo el problema. En el caso de un dolor de espalda, por ejemplo, no basta con indicar algunas posturas que reduzcan la molestia. Es necesario observar hábitos posturales, tensiones emocionales, tipo de actividad física, nivel de estrés, descanso, alimentación y hasta la manera en que la persona se relaciona con su entorno.

A este enfoque se suma un tercer aspecto fundamental: la prevención. La yogaterapia no solo intenta resolver un problema actual, sino ofrecer herramientas para que ese estado de sufrimiento no se repita en el futuro. Educar a la persona para que comprenda su propio funcionamiento y pueda cuidarse a lo largo de la vida es una responsabilidad central del terapeuta. En este sentido, la yogaterapia es también un proceso educativo: no se trata solo de «tratar» un problema, sino de acompañar a alguien en el aprendizaje de una relación más consciente consigo mismo.

Este enfoque exige considerar múltiples factores. Cada persona tiene una constitución particular, tendencias genéticas, una edad determinada, un contexto social y laboral específico. No es lo mismo abordar un desequilibrio en un adolescente que en una persona mayor, ni tratar a alguien con una vida sedentaria que a quien trabaja bajo presión constante. Por eso, la yogaterapia es necesariamente holística: reconoce que en todo problema intervienen varios factores y que no siempre es posible conocerlos todos, pero sí muchos de ellos.

Desde la perspectiva del yoga, existe en cada ser humano una capacidad natural de autorregulación y sanación, vinculada a la energía vital o pránica. El rol del yogaterapeuta no es «curar» en un sentido externo, sino crear las condiciones para que ese poder curativo inherente pueda actuar. Dicho de otro modo, se trata de eliminar los obstáculos que impiden que los procesos naturales de equilibrio se manifiesten.

En este contexto, el concepto de nāḍī śuddhi resulta central. La purificación de los canales por donde circula la energía vital es un proceso dinámico de vitalización. Cuando estos canales están bloqueados (aśuddhi), la energía no fluye adecuadamente y aparecen desequilibrios. Cuando se produce la purificación (śuddhi), el fluir se vuelve limpio y natural, y la vitalidad se restablece. Patañjali describe este proceso como el resultado de una práctica sostenida y consciente de los distintos elementos del yoga, realizada con presencia y continuidad (anuṣṭhāna).

Toda práctica de yoga, cuando se realiza con atención y constancia, tiene un efecto purificador. A medida que los bloqueos se disuelven, los procesos vitales se reorganizan y la conciencia se vuelve más clara. Esta claridad no solo permite una mejor salud física y mental, sino que abre la posibilidad de una comprensión más profunda de uno mismo. Solo cuando el cuerpo y la mente funcionan de manera armónica es posible indagar en aquello que tradicionalmente se denomina espíritu.

Desde esta perspectiva, restablecer la salud no es el único ni el último objetivo de la yogaterapia. La mejora en la calidad de vida es importante y, para muchas personas, suficiente. Sin embargo, el horizonte del yoga es más amplio: apunta a una comprensión más profunda del ser. Aunque no todos los pacientes estén interesados en este aspecto, el terapeuta necesita tener clara esta meta para orientar su trabajo con coherencia.

El ser humano no puede separarse de su entorno. Es cuerpo y mente, pero también es naturaleza y sociedad. Lo que sucede en el mundo afecta directamente su equilibrio interno. Textos como la Bhagavad Gītā reflexionan sobre la acción en el mundo y ofrecen claves para actuar sin ansiedad ni frustración. El yoga aparece allí como un método para evitar el sufrimiento innecesario, no retirándose de la vida, sino viviéndola con mayor conciencia.

En este sentido, la yogaterapia considera al menos cuatro aspectos fundamentales de la vida cotidiana: una alimentación adecuada —no solo en cantidad, sino en calidad y actitud—, una actividad física equilibrada, una actividad mental saludable y un ritmo adecuado entre sueño y vigilia. Estos factores influyen directamente en el equilibrio de los guṇa-s y, por lo tanto, en la salud integral.

Las prácticas del yoga actúan profundamente sobre la mente a través del cuerpo y la respiración. El āsana no solo flexibiliza o fortalece, sino que modifica la manera en que respondemos a los conflictos. Las tensiones emocionales suelen expresarse primero en el cuerpo: músculos que se contraen, respiración que se agita, posturas que se rigidizan. Prácticas como śavāsana enseñan a soltar estas tensiones y a reconocer cómo el cuerpo refleja los estados mentales.

El prāṇāyāma ocupa un lugar central en este proceso, ya que la respiración es el puente entre cuerpo y mente. Las emociones se expresan a través del ritmo respiratorio, y al aquietar la respiración, la mente también se aquieta. Cuando la mente se estabiliza, se vuelve posible la concentración y, con ella, una transformación más profunda.

El verdadero cambio terapéutico ocurre cuando se actúa sobre la mente, utilizando el cuerpo y la respiración como aliados. Por eso, la yogaterapia produce efectos físicos y fisiológicos —relajación muscular, regulación de la presión arterial, mejora del sistema nervioso—, pero su impacto más profundo se da en el plano mental, donde suelen originarse muchos de los desequilibrios.

Finalmente, es importante recordar que el tiempo de contacto directo con el terapeuta es limitado. Una sesión semanal puede orientar y acompañar, pero la verdadera práctica ocurre en la vida cotidiana. Lo que la persona come, cómo se mueve, cómo piensa, cómo descansa y cómo se relaciona con su entorno es tan importante como lo que sucede durante la sesión. La yogaterapia, en última instancia, es una invitación a integrar mente, cuerpo y sociedad en un proceso consciente de cuidado y transformación.

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